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Página:El tulipán negro II (1851).pdf/80

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Va bien.

A la tercera visita Cornelio varió la forma de la pregunta.

—No hay nadie enfermo en Loewestein ?

preguntó.

Nadie! respondió Griphos, todavia mas conciso que la vez primera y dando al preso, como suele decirse, con la puerta en los hocicos.

Griphus, poco acostumbrado á semejantes cumplimientos de parte de Cornelio, sospechaba en él un principio ó tentativa de corrupcion.

Cornelio volvió á estar solo. Eran las siete de la noche y comenzó a esperimentar con mas intensidad que la víspera las terribles angustias que hemos tratado de describir. Por desgracia de igual modo qae la víspera trascurrieron las horas sin que se mostrase la dulce vision que al través de la rejilla del postigo iluminaba el calabozo del infeliz Cornelio y que al retirarse dejaba en él bastante luz para todo el tiempo de su ausencia.

Van Baerle pasó la noche entregado á una verdadera desesperacion. Al dia siguiente le pareció Griphus mas ruin y brutal que nunca y le habia pasado por las mientes, ó mas bien por el corazon, la esperanza de que él era quien impedia la venida de Rosa.

Asaltáronle terribles ganas de estrangular á Griphus; pero muerto Griphus á manos de Cornelio todas las leyes divinas y humanas prohibian á Rosa volver á ver en su vida á Cornelio.

El carcelero escapó pues sin sospecharlo del mayor peligro que habia corrido quizá en toda su vida.