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Página:El tulipán negro I (1851).pdf/26

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sionero alzando los ojos al cielo é incorporándose.

—Sí, nosotros, repitió Juan de Witt.

—Donde está Craecke?

—Creo que está á la puerta del aposento.

—Haz que entre inmediatamente.

Juan abrió la puerta; el fiel criado esperaba en efecto en el umbral.

—Venid, Craecke, y retened en la memoria lo que os va á decir mi hermano.

—Oh! no, no basta solo decirlo, Juan; desgraciadamente es preciso que se lo escriba.

—Y por qué?

—Porque Van Baerle no dará el depósito ni lo quemará sin una brden terminante.

—Pero podrás tú escribir, querido hermano?

preguntó Juan al aspecto de aquellas manos quemadas y desolladas.

—Oh! si yo tuviera pluma y tinta ya verias, dijo Cornelio.

He aquí un lápiz.

—Tienes papel?

—Esta biblia. Corta la primera hoja.

—Bien —Pero tu escritura será ilegihle!

—Manoa á la obra, dijo Cornelio mirando á su hermano. Estos dedos que han resistido á las mechas de los verdugos, esta voluntad que ha domado su dolor, van á unirse con un esfuerzo comun; y tranquilízate, hermano mio, las líneas se trazarán sin el mas mínimo temblor.

Y en efecto Cornelio tomó el lápiz y escribió.

Entonces vióse bajo el trapo blanco trasparentarse las gotas de sangre que arrojaban los