soche, á Cornelio, todo destrozado y matilado por el tormento. ¡Oh! ¡miradle! ¡miradle!....
—Sí en efecto; ese es Cornelio.
El oficial dió un pequeño grito y volvió la cabeza.
En la última gradilla del estribo: del coche aun antes de que hubiese puesto pié en tierra, el Ruart acababa de recibir un golpe con una barra de hierro que le habia partido la cabeza.
Levantose sin embargo, pero volvió á caer al momento.
Algunos hombres, cojiéndole en seguida por tos piés, con grande algazara lo arrastraron entre la muchedumbre, cuyos rostros y vestidos ro ció como una manga de agua el chorro de sangre que salia á borbotones de su cuerpo.
El jove se puso mas pálido todavia, lo que se bubiera ereido imposible, y cerró los ojos por un momento.
El oficial á esta muestra tardía de compasion, la primera que su compañero había dejado advertir, y queriendo aprovechar esa debilidad de su alma: —Venid, venid, monseñor, dijo; mirad que van á asesinar tambien al gran pensionario.
Pero el jóven habia abierto.ya los ojos y escla mó: En verdad que ese pueblo es implacable.
—Monseñor, dijo el oficial, no se podria salwar á ese pobre hombre, que ha educado á vuestra alteza? Si hay un medio decídmelo, aunque supiera perder la vida....
Guillermo de Orange, porque este era su nom bre, arrugó la frente de una manera siniestra