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Página:El tulipán negro I (1851).pdf/48

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templó el brillo del esplendor sombrío que centelleaba bajo su párpado y respondió: —Coronel Van De ken, os rurgo que vayais en busca de mis tropas á fin de que estén sobre las armas para todo evento.

—Pero como os dejaré solo en frente de esos asesinos?

—No os tomeis tanto cuidado por mí, dijo bruscamente el príncipe. Id.

El oficial partió con una rapidez que indicaba mas que su obediencia la alegría de no presenciar el horroroso asesinato del segundo de los hermanos.

No habia aun cerrado la puerta del cuarto cuando Juan, que por un esfuerzo sobrehumano habia ganado el porche de una casa casi en frente de aquella en que estaba oculto su discí pulo, cedió á las sacudidas que le imprimian de diferentes partes á la vez diciendo: ¡Hermano mio! donde está mi hermano?

Uno de aquellos furiosos le echó el sombrero abajo de un puñetazo.

Otro le mostró la sangre que teñia sus manos: acababa de abrir el vientre á Cornelio y acudia para no perder la ocasion de hacer lo mismo con el gran pensionario, al paso que arrastraban al patíbulo el cadáver del que ya habia muerto.

—Juan dió un grito de dolor y se tapó los ojos con una de las manos.

!Ah! cierras los ojos, dijo uno de Ins soldados de la guardia miliciana pues yo te los reventaré.

Y le dió con la lanza en el rostro, haciéndole una profunda berida por la cual brotó up caño de sangre.