Hermano mio! esclamó de Witt, procurando ver lo que se habia hecho de Cornelio, por entre la lluvia de sangre que le cegaba: ¡hermano mio!.....
—¡Ve á unirte con él! gritó otro asesino aplicándole su mosquete sobre la sien y aflojando el gatillo.
Pero el tiro no salió.
Entonces el matador volvió el arma y tomándola por el cañon con las dos manos descargó á Juan de Witt un culatazo.
Juan de Witt bamboleó y cayó á sus piés. Pero al momento, volviéndose a levantar por un último esfuerzo: — Hermano mio! esclamó con una voz tan desgarradora que el príncipe de Orange cerró Ja ventana para no oirla.
Poco quedaba ya que ver, porque un tercer asesino le asestó un tiro á boca de jarro que le bizo saltar el cráneo.
Juan de Witt cayó para no volver mas á levantarse.
Entonces cada uno de los facciosos, envalentonado por su caida, descargó su arma sobre el cadáver. Cada uno quiso ensayar su espada ó el cuchillo, sacar su gota de sangre y arrancar su pedazo de vestido.
Y cuando fueron ambos bien acribillados y despojados el populacho los arrastró desnudos y sangrientos á una horea improvisada, donde las suspendieron, por los piés.
Entonces llegaron los mas cobardes, que no habiéndose atrevido á herir en la carne viva cortaron en pedazos la carne muerta, yéndose El Tulipan negro.—Tomo I.