ebollas, secar los capullos y motir los tulipanes y gastando su vida á la par que au vista no se ocupó mas que de lo que pasaba en casa de Van Baerle respiro por el tallo de sus tulipanes, se refrigeró con el agua que los rociaba y se sació con la tierra blanda y fina que cernia el vecino en sus cebulias queridas. Pero el trabajo mas curioso no se hacia en el jardin.
A la una de fa noche Van Baerle subia á su laboratorio, situado en el gabinete guarnecido de vidrius, en el cual penetraba perfectamente el anteojo de Boxtel. Allí desde que las luces del sabio sucediendo á las del dia iluminahan muros y ventanas Boxtel veia funcionar el gemio inventivo de su rival.
Mirábale escojer sus semillas, rociándolas con sustancias destinadas á modificarlas ó á colorarlas. Adivinaba cuando calentando ciertas seinillas, homedeciéndolas despues y combinandolas con otras por una especie de injerto, operaciun minuciosa y maravillosamente diestra, encerraba entre tinieblas las que debian dar el color negro, espouia al sol las que debian darlo rojo y miraba en un continuo refl jo de agua aquellas que debian proporcionar el blanco, candida representacion hermética del elemento búmedo.
Esta magia inocente, fruto de la fantasía juvenil al paso que del genio varonil, este trabajo constante, eterno, de que Boxtel se reconocia incapaz, tenia por objeto derramar en el telescopio del envidioso toda su vida, todo su pense miento, toda su esperanza.
Cosa estraña! Tanto interés y el amor propie