Pero él había asesinado á aquel hombre con doble fin; el primero ya se habia cumplido; quedaba todavía el segundo. Llegó la noche, aqueHa noche que con tanta ansiedad esperaba Box tel. Levantose y subió á su sicómoro.
Habia calculado bien; nadie pensaba en guardar el jardin; casa y criados, todo estaba revuelto.
Oyó sucesivamente las diez, las once y las doce. A las doce se apeó del árbol con el corazon sumamente agitado y el semblante fivido; tomó una escalera, la apoyó en la pared, subió hasta el penúltimo escalon y escuchó, Todo estaba tranquilo. Ningun ruido turbaba el silencio de la noche. Una sola luz ardia en la casa y era la de la nodriza. El silencio y la escuridad alentaron á Boxtel.
Ya encima del muro se detuvo un momento sobre el pretil; pero bien seguro de que no tenia nada que temer pasó la escalera de su jardin al de Cornelio y bajo. Despues, como sabia casi exactamente ei eitio donde estaban enterradas las cebollas del futuro tulipao negro, corrió en su direccion, siguiendo las calles para no ser vendido por sus huellas, y llegado al sitio mismo con la alegría feroz de vo tigre metió sus manos en la tierra. No encontró nada y creyó haberse engañado. Sin embargo el sudor corria instintivamente por su frente. Buscó al lado; nada. Buscó á derecha é izquierda; nada. Buscó delante y detrás; nada tampoco.
Creyó volverse loco, cuando conoció al fin que aquella misma mañana se habin removido la derra. En efecto mientras que Boxtel estaba