Página:El tungsteno.pdf/133

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dijo con firmeza Ruanca ¡Muy bien! Entonces, mañana, en la noche, hay que traer con engaños aquí al arriero García, al mecánico Usted Sánchez y al siniente de los gringos. usted me añadió, dirigiéndose a Benites ti'ae también mañana la carta de míster Taik. Y creo que mañana seremos seis. Hoy empezamos ya entre tres. ¡Buen número!, Unos instantes después, salió del rancho Leónidas Benites, cuidando de no ser visto. Minutos más tarde, salió, tomando idénticas precauciones, Servando Huanca. Sesgó a la derecha, a paso lento y tranquilo, y se alejó, perdiéndose ladera abajo, por "Sal si puedes". Sus pisadas se apagaron de golpe a la distancia. Dentro del rancho, el apuntador trancó su puerta, apagó el candil y se acostó. No acostumbraba desvestirse, a causa del frío y de la miseria del camastro. No podía dormir. Entre los pensamientos y las imágenes que guardaba de las admoniciones del herrero, sobre "trabajo", "salario", "jornada", "patrones", "obreros", "máquinas"', "explotación", "industria" "productos", "reivindicaciones", "conciencia de clase", "revolución", "justicia", "Estados Unidos", "política", "pequeña burguesía", "capital", "Marx", y otras, cruzaba esta noche por su mente el recuerdo de Graciela, la difunta. La había querido mucho. La mataron los gringos, José Marino y el comisario. Recordándola ahora, el apuntador se echó a llorar. El viento soplaba afuera, anunciando tem- pestad.