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melos, baldes brillantes, transparentes vasos, etc. Los soras se sentían atraídos al bazar, como ciertos insectos a la luz. José Marino hizo el resto con su malicia de usurero.

 — Véndeme tu chacra del lado de tu choza - les dijo un día en el bazar, aprovechando de la fascinación en que estaban sumidos lo soras ante las cosas del bazar.

 — ¿Qué dices, taita?

 — Que me des tu chacra de ocas y yo te doy lo que quieras de mi tienda.

 — Bueno, taita.

 La venta, o, mejor dicho, el cambio, quedó hecho. En pago del valor del terreno de ocas, José Marino le dio al sora una pequeña garrafa azul, con flores rojas.

 — ¡Cuidado que la quiebres! — le dijo paternalmente Marino.

 Después le enseñó cómo debía llevar la garrafa el sora, con mucho tiento, para no quebrarla. El indio, rodeado de otros dos soras, llevó la vasija lentamente a su choza, paso a a paso, como una custodia sagrada. Recorrieron la distancia que era de un kilómetro en dos horas y media. La gente salía a verlos y se moría de risa.

 El sora no se había dado cuenta de si esa operación de cambiar su terreno de ocas con una garrafa, era justa o injusta. Sabía en sustancia que Marino quería su terreno y se lo concedió. La otra parte de la operación el recibo la imaginaba el sora como sede la garrafa parada e independiente de la primera. Al sora le había gustado ese objeto y creía que Marino se lo había cedido, únicamente porque la garrafa le gustó a él, al sora.

 Y en esta misma forma siguió el comerciante apropiándose de los sembríos de los soras, que ellos seguían, a su vez, cediendo a cambio