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 — Bueno, mama.

 La pobre mujer cayó aún en la cuenta de que podía apartar un real más. Le abrió la mano al sora y le sacó otra moneda, diciendole, vacilante y temerosa:

 —Toma mejor dos reales. Lo demás te lo daré otro día.

 —Bueno, mama — volvió a contestar, impasible, el sora.

 Fue entonces que aquella mujer bajó los ojos, enternecida por el gesto de bondad inocente del sora. Apretó en la mano los dos reales que habrían de servir para el remedio del marido y la estremeció una desconocida y entrañable emoción, que la hizo llorar toda la tarde.

* * *

 En el bazar de José Marino solían reunirse, después de las horas de trabajo, a charlar y a beber coñac —todos trajeados y forrados de gruesas telas y cueros contra el frío—, místers Taik y Weiss, el ingeniero Rubio, el cajero Machuca, el comisario Baldazari y el preceptor Zavala, qeu acababa de llegar a hacerse cargo de la escuela. A veces, acudía también Leónidas Benites, pero no bebía casi y solía irse muy temprano. Allí se jugaba también a los dados, y, si era domingo, había borrachera, disparos de revólver y una crápula bestial.

 Al principio de la tertulia, se hablaba de cosas de Colca y de Lima. Después, sobre la guerra europea. Luego se pasaba a tópicos relativos a la empresa y a la exportación de tungsteno, cuya cotizaciones aumentaban diariamente. Por fin se departía sobre lo chismes de las minas, las domésticas murmuraciones vinculadas a la