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dividuo debe servirle para trabajar y hacer la riqueza colectiva, y no para usarlo como arma ofensiva contra los demás. ¡Su teoría es maravillosa!...

 —Ni más ni menos. Yo soy una persona incapaz de hacer daño a nadie. Todos me conocen. Pero yo me creo obligado a defender mi vida e intereses, si se me ataca y me despojan de ellos.

 —Marino terció:

 —Yo no digo nada. En boca cerrada no entran moscas... ¿Qué, se bebe? ¿Quién manda? ¡Vamos! ¡Déjense de zonceras!

 El agrimensor no le hizo caso:

 —Aquí, por ejemplo, he venido a trabajar, no para dejarme quitar lo que yo gane, sino para reunir dineros que me faltan. Por lo demás, yo no quito a nadie nada, ni quiero echar a tierra a ningún hijo de vecino.

 —Marino se cansaba de preguntar quién pedía las copas, y como Benites, su socio en lo de la cría y los cultivos, no le hiciese caso, embebecido como estaba en la discusión, el comerciante dijo, con una risa de cortante ironía, para hacerle callar:

 —Yo no digo nada. ¡Benites! ¡Benites!... Acuérdese de que en boca cerrada no entran moscas...

 El cajero Machuca tuvo un acceso de tos, pasado el cual dijo, congestionadas por el esfuerzo las mantecas de su cuello:

 —Yo sé decir ...

 Le volvió la tos.

 —Yo sé decir que...

 No podía continuar. Tosió durante algún tiempo, y al fin, pudo desahogarse:

 —Los soras son unos indios duros, insensibles al dolor ajeno y que no se dan cuenta de nada. He visto el otro día a uno de ellos sus-