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ra! de todos los tiempos. Sin trabajo y sin ahorro, no es posible tranquilidad de conciencia, caridad, justicia, nada. Esa es la experiencia de la historia. ¡Lo demás son pamplinas!

 Después, emocionándose y dando una inflexión de sinceridad a sus palabras, añadía:

 – A mí me crió una mujer y vivo agradecido a ella, por haberme dado la educación que tengo. Por eso puedo manejarme de la manera que todos conocen: trabajando día y noche y esforzándome en hacerme una posición económica, bien humilde por cierto, pero libre y honrada.

 Y su crónica mueca de angustia se desembarazaba. Le brillaban los ojos. Como si se acordase de algo, explicaba a Julio Zavala:

 – Y no crea usted... Una cosa es el ahorro y otra cosa es la avaricia. De Marino a mí, por ejemplo, hay esa distancia: de la avaricia al ahorro. Usted ya me comprende, mi querido amigo...

 El preceptor daba señal de que le comprendía, y luego parecía reflexionar hondamente en las ideas de Benites.

 El agrimensor tenía, en general, íntima y sólida convicción de que era un joven de bien, laborioso, ordenado, honorable y de gran porvenir. Siempre estaba aludiendo a su persona, señalándose como un paradigma de vida, que todos debían imitar. Esto último no lo expresaba claramente, pero fluía de sus propias palabras, pronunciadas con dignidad apostólica y ejemplar, en ocasiones en que se perfilaban problemas de moral y de destino entre sus amistades. Peroraba entonces extensamente sobre el bien y el mal, la verdad y la mentira, la sinceridad y el tartufismo y otros temas importantes.


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