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 Debido a la vida ordenada que llevaba Leónidas Benites, jamás sufrió quebranto alguno su salud.

 — ¡Pero el día en que se enferme usted! — vociferaba José Marino, que en Quivilca se ya no levanta las echaba de médico empírico — nunca!

 Leónidas Benites, ante estas palabras sombrías cuidaba aún más de su conservación. La higiene de su cuarto y de su persona era de una pulcritud esmerada, no dejando nada que tachársela. Andaba siempre buscando el bienestar físico, valiéndose de una serie de actos que nadie sino él, con su paciente meticulosidad de anciano desconfiado, podía realizar. Por la mañana, ensayaba, antes de salir a su trabajo, distintas ropas interiores, para ver cuál se conformaba mejor al tiempo reinante y al estado de su salud, no escaseando ocasiones en que volvía de mitad del camino, a ponerse otra camiseta o calzoncillo, porque había mucho frío o porque los que llevó le daban un abrigo excesivo. mismo ocurría con el uso de las medias, calzado, sombrero, chompa y aun con los guantes y su cartera de trabajo. Si caía nieve, no solo cargaba con el mayor número de papeles, reglas y cuerdas, sino que, para ejercitarse más sacaba sus niveles, trípodes y teodolitos, anque no tuviese nada que hacer con ellos. Se le veía otras veces agitarse y saltar y correr como un loco, hasta ya no poder. Otras veces, no salía de su cuarto por nada, y si alguien venía abría con sigilo y lentamente la puerta, a fin de que no entrase de golpe el ventisquero. Pero si había sol, abría todas las puertas y ventanas de par en par y no quería cerrarlas. Así es como un día, estando Benites en la oficina del cajero, el muchacho a quien dejó cuidando la puerta abierta de