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su cuarto se distrajo y entraron a robarle el anafe y el azúcar.

 Mas no era esto todo. Tratándose de medidas previsoras contra el contagio de los males, su pulcritud era mayor. De nadie recibía así no más un bocado o bebida, sino exorcisándola previamente y echando sobre las cosas cinco cruces, ni una más ni una menos. El cajero vino a verle un domingo en la mañana, en que la cocinera le acababa de traer de regalo un plato de humitas calientes. Entró el cajero en el preciso momento en que Leónidas Benites echaba la tercera cruz sobre las humitas. Olvidó la cuenta de las cruces y este fue el motivo por el cual ya no se atrevió a probar del regalo y se lo dio al perro. Poco afecto a tender la mano era. Cuando se veía obligado a hacerlo, tocaba apenas con la punta de los dedos la mano del otro, y luego permanecía preocupado, con una mueca de asco, hasta que podía ir a lavarse con dos clases de jabón desinfectante, que nunca le faltaba. Todo en su habitación estaba siempre en su lugar, y él mismo, Benites, estaba siempre en su lugar trabajando, meditando, durmiendo, comiendo o leyendo Ayúdate, de Smiles, que consideraba la mejor obra moderna. En los días feriados de la Iglesia, hojeaba el Evangelio según San Mateo, librito fileteado de oro, que su madre le enseñó a amar y a comprender en todo lo que él vale para los verdaderos cristianos.

 Con el correr del tiempo, su voz se había apagado mucho, a consecuencia de las nieves de la cordillera. Esta circunstancia aparecía como un defecto de los peores a los ojos de José Marino, su socio, con quien frecuentemente disputaba por esta causa.

 – ¡No se haga usted! ¡No se haga usted! le decía Marino, en tono socarrón y en pre-