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copiosa transpiración, signo seguro de haber cedido el mal, que no parecía consistir sino en un fuerte resfrío. Pero, efectuados los dos remedios, y aun cuando el enfermo empezó a sudar, la fiebre persistía y hasta crecía por momentos.

 La noche había llegado y empezó a nevar. La habitación de Benites tenía la puerta de entrada y la ventanilla herméticamente cerradas. La señora tapó las rendijas con trapos, para evitar las rachas de aire. Una vela de esperma ardía y ponía toques tristes y amarillos en los ángulos de los objetos y en la cama del paciente. Según éste se moviese o cambiase de postura, movido por la fiebre, las sombras palpitaban ya breves, largas, truncas o encontradas, en los planos de su rostro cejijunto y entre las almohadas y las sábanas.

 Acezaba Benites y daba voces confusas de pesadilla. La señora, abatida por la gravedad creciente del enfermo, se puso a rezar, arrodillada ante un cuadro del Corazón de Jesús, que había a la cabecera de la cama. Dobló la cabeza pálida e inexpresiva, como la mascarilla de yeso de un cadáver, y se puso a orar y gemir. Después se levantó reanimada. Dijo, junto al lecho:

 — ¿Benites?

 — Se oía ahora más baja y pausada su respiración. La señora se acercó de puntillas, inclinóse sobre la cama y observó largo rato. Habiendo meditado un momento, volvió a llamar, aparentando tranquilidad:

 — ¿Benites?

 — El enfermo lanzó un quejido oscuro y cargado de orfandad, que vino a darle en todas sus entrañas de mujer.

 — ¿Benites? ¿Cómo se siente usted? ¿Le haré otro remedio?

 — Benites hizo un movimiento brusco y pesa-