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 — ¡Señor! ¡Yo fui el delincuente y tu ingrato gusano sin perdón! ¡Cuando hasta pude no haber nacido! ¡Cuando pude, al menos, eternizarme en los capullos, y en las vísperas!¡Felices los capullos, porque ellos son las joyas natas de los paraísos, aunque duerman, en sus selladas entrañas, estambres escabrosos! ¡Felices las vísperas, porque ellas no han llegado y no han de llegar jamás a la hora de los días definibles! ¡Yo pude ser solamente el óvulo, la nebulosa, el ritmo latente e inmanente: Dios! . . .

 Estalló Benites en un grito de desolación infinita, que luego de apagado, dejó al silencio mudo para siempre.

* * *

 Benites despertó bruscamente. La luz de la mañana inundaba la habitación. Junto a la cama de Benites, estaba José Marino.

 —¡Qué buena vida, socio! — exclamaba Marino cruzándose los brazos —. ¡Las once del día y todavía en cama! ¡Vamos vamos! ¡Levántese! Me voy esta tarde a Colca.

 Benites dio un salto:

 —¿Usted a Colca? ¿Hoy se va usted a Colca?

 —Marino se paseaba a lo largo de la pieza, apurado.

 — ¡Sí hombre! ¡Levántese! ¡Vamos a arreglarnos de cuentas! Ya Rubio nos espera en el bazar . . .

 Benites, sentado en su cama, tuvo un calofrío

 —Bueno. Me levanto en seguida. Tengo todavía un poco de fiebre, pero no importa.

 —¿Fiebre, usted? ¡No friegue, hombre! ¡Levántese! ¡Levántese! Lo espero en el bazar.

 Marino salió y Benites empezó a vestirse, tomando sus precauciones de costumbre: medias,