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 — ¡Volando, volando! — le decían Marino y Baldazari.

 José Marino adulaba a todo el que, de una otra manera, podía serle útil. Su servilismo al comisario no tenía límites. Marino le servía hasta en sus aventuras amorosas. Salían de noche a recorrer los campamentos obreros y los trabajos en las minas, acompañados de un gendarme. A veces, Baldazari se quedaba a dormir, de madrugada, en alguna choza o vivienda de peones, con la mujer, la hermana o la madre de un jornalero. El gendarme volvía entonces sólo a la Comisaría, y Marino, igualmente solo, a su bazar. ¿Por qué las adulaciones del comerciante al comisario? Las causas eran múltiples. Por el momento, el comerciante iba a ausentarse y le había pedido al comisario el favor de supervigilar la marcha del bazar, que quedaba a cargo del profesor Zavala, que estaba de vacaciones. De otro lado, el comisario le estaba consumiendo ahora en gran escala en el bazar, al propio tiempo que entrenaba a los otros a hacer lo mismo. Las tres de la tarde y ya José Marino había vendido muchas botellas de champaña, de cinzano, de coñac y de whisky . . . Pero todas éstas no eran sino razones del momento, y muy nimias. Otras eran las de siempre y las más serias. El comisario Baldazari era el brazo derecho del contratista José Marino, en punto a la peonada y en punto a los gerentes de la "Mining Society". Cuando Marino no podía con un peón, que se negaba a reconocerle una cuenta, a aceptar un salario muy bajo o a trabajar a ciertas horas de la noche o de un día feriado, Marino acudía al comisario, y éste hacía ceder al peón con un carcelazo, con la "barra" (suplicio original de las cárceles peruanas) o a foetazos. Asimismo, cuando Marino no podía obtener