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—¡Tío Pepe! . . .

La orgía estaba en su colmo. De la tienda un vocerío confuso, mezclado de risas y gritos y un tufo nauseante. Cucho llamó varias veces. Al fin, salió José Marino.

 —¿Qué quieres, carajo? —le dijo, irritado, a su sobrino.

 Cucho, al verle borracho y colérico, dio un salto atrás, amedrentado. La mujer se hizo también a un lado,

 —Para que venda usted láudano — murmuró Cucho, de lejos.

 — ¡Qué láudano ni la puta que te parió! — rugió José Marino, lanzándose furibundo sobre su sobrino. Le dio un bofetón brutal en la cabeza y le derribó.

 —¡Carajo! —vociferaba el comerciante, dándole de puntapiés—.¡Cojudo! Me estás jodiendo siempre!

 Algunos transeúntes se acercaron a defender a Cucho. La mujer del láudano le rogaba a Marino, arrodillada:

 —¡No le pegue usted, taita! Si lo ha hecho por mí. Porque yo le dije. ¡Pegúeme a mí, si quiere! . . .

 Algunas patadas cayeron sobre la mujer. José Marino, ciego de ira y de alcohol, siguió golpeando al azar, durante unos segundos, hasta que salió el comisario y lo contuvo.

 —¿Qué es esto, mi querido Marino? —le dijo, sujetándole por las solapas.

 ¡Perdone, comisario! —respondía Marino, humildemente— ¡Le pido mil perdones!

 Ambos penetraron al bazar. Cucho yacía sobre la nieve, llorando y ensangrentado. La india, de pie, junto a Cucho, sollozaba dolorosamente:

 —Sólo porque lo llama, le pega. ¡Sólo por eso! ¡Y a mí también, sólo porque vengo por un remedio! . . .