Página:El tungsteno.pdf/49

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 Las risas y los gritos aumentaban, José Marino, del brazo del comisario, le dijo entonces a la Graciela, como a una ciega, y ante todos los contertulios:

 —¿Ves? Aquí está señor comisario, la autoridad, el más grande personaje de Quivilca, después de nuestros patrones, místers Taik y Weiss. ¿Lo ves aquí, con nosotros?

 La Graciela, los ojos velados por la embriaguez, trataba de ver al comisario.

 —Sí. Lo veo. Sí. El señor comisario. Sí . . .

 —Bueno. Pues el señor comisario va a encargarse de ti mientras dure mi ausencia. ¿Me entiendes? El verá por ti. El hará mis veces en todo y para todo . . .

 Marino, diciendo esto, hacía muecas de burla y añadía:

 —Obedécele como a mí mismo. ¿Me oyes? ¿Me oyes, Graciela?. . .

 La Graciela respondía, la voz arrastrada y casi cerrando los ojos:

 —Sí . . . Muy bien . . . Muy bien . . .

 Después vaciló su cuerpo y estuvo a punto de caer. El cajero Machuca soltó una risotada. José Marino le hizo señas de callarse y guiñó el ojo a Baldazari, significándole que la melaza estaba en punto. Los demás, en coro, le decían a media voz a Baldazari:

 — ¡Ya, comisario! ¡Entre nomás! Éntrele!. . .

 El comisario se limitaba a reír y a beber.

 Graciela, agarrándose del mostrador para no caer, fue a sentarse, llamando a grandes voces:

 — ¡Don José! ¡Venga usted a mi lado! ¡Venga usted! . . .

 José Marino insinuó de nuevo a Baldazari que se acercara a la Rosada. Baldazari volvió, por toda respuesta, a beber otra copa. A los pocos instantes, Baldazari se encontraba completamente borracho. Hizo servir varias veces cham