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hola demoníaca. Marino pronunciaba en la oscuridad palabras, interjecciones y gritos de una abyección y un vicio espeluznantes. Un diálogo espantoso. Un ronquido, sordo y ahogado, era la única seña de vida de Graciela. José Marino lanzó, al fin, una carcajada viscosa y macabra . . .

 Y, cuando encendieron luz en el bazar, vióse botellas y vasos rotos sobre el mostrador, champaña derramado por el suelo, piezas de tejido deshechas al azar, y las caras, macilentas y sudorosas. Una que otra mancha de sangre negreaba en los puños y cuellos de las camisas. Marino trajo agua en un lavador, para lavarse las manos. Mientras se estaban lavando, todos en círculo, sonó un tiro de revólver, volando el lavador por el techo. Una carcajada partió de la boca del comisario, que era quien había tirado.

 — ¡Para probar a mis hombres! —dijo Baldazari, guardando su revólver— Pero veo que todos han temblado.

 Leónidas Benites despertó.

 —¿Y la Graciela? ——interrogó, restregándose los ojos-. ¿Ya se fue? . . .

 Míster Taik, limpiando sus lentes, dijo:

 —Señor Baldazari: hay que despertarla.

 Me parece que debe irse ya a su rancho. Ya es de noche.

 —Sí, sí, sí —dijo el comisario, poniéndose serio— ¡Hay que despertarla; usted, Marino, que es siempre el hombre!

 —¡Ah! —exclamó el comerciante—. Eso va a ser difícil. Contra el "tabacazo" no hay otro remedio sino el sueño.

 —Pero, de todos modos —argumentó Rubio—, no es posible dejarla botada así, en el suelo ... ¿No le parece, míster Taik?

 —¡Oh, sí sí!— decía el gerente, fumando su pipa