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 Leónidas Benites se acercó a Graciela, seguido de los demás. La Rosada yacía en el suelo, inmóvil, desgreñada, con las polleras en desorden y aun medio remangadas. La llamaron, agitándola fuertemente y no dio señales de despertar. Trajeron una vela. Volvieron a llamarla y a moverla. Nada. Seguía siempre inmóvil. José Marino puso la oreja sobre el pecho de la moza y los otros esperaron en silencio.

 —¡Carajo! —exclamó el comerciante, levantándose— ¡Está muerta! . . .

 —¿Muerta? —preguntaron todos, estupefactos—. ¡No diga usted disparates! ¡Imposible!

 —Sí —repuso en tono despreocupado amante de Graciela—. Está muerta. Nos hemos divertido.

 Míster Taik dijo entonces en voz baja y severa:

 — Bueno. Que nadie diga esta boca es mía. ¿Me han oído? ¡Ni una palabra! Ahora hay que llevarla a su casa. Hay que decir a sus hermanas que le ha dado un ataque y que la dejen reposar y dormir. Y, mañana, cuando la hallen muerta, todo estará arreglado ...

 Los demás asintieron, y así se hizo.

 A las diez de la noche, José Marino montó a caballo y partió a Colca. Y, al día subsiguiente, se enterró a Graciela. En primera fila del cortejo fúnebre iba el comisario de Quivilca, acompañado de Zavala, de Rubio, de Machuca y de Benites. De lejos, seguía el cortejo Cucho, el sobrino del amante de la muerta.

 Todos los del bazar volvieron del cementerio tranquilos y conversando indiferentemente. Sólo Leónidas Benites estaba muy pensativo. El agrimensor era el único de los del bazar, en quien la muerte de Graciela dejó cierto pesar y hasta cierto remordimiento. En conciencia, sabía Benites que la Rosada no había fallecido