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 —¿Cuántos peones hay socorridos? —preguntó, a su vez, José.

 Mateo, hojeando los libros y los talonarios de los contratos, decía:

 —Hay 23, que debían haber partido a Quivilca este mes, antes del 20.

 —¿Los has hecho llamar? ¿Qué dicen?

 —He visto a algunos, a nueve de ellos, hace quince días, más o menos, y me prometieron salir para Quivilca a fines de la semana pasada. Si no lo han hecho habría que ir a verlos de nuevo y obligarles a salir.

 —¿Está aquí el subprefecto?

 —Sí, aquí está, precisamente.

 —Bueno. Entonces, no hay más que pedirle dos soldados mañana mismo, para ir por los cholos inmediatamente. ¿Dónde viven? Mira en el talonario . . .

 Mateo hojeó de nuevo el talonario de los contratos, recitando, uno por uno, los nombres de los peones contratados y sus domicilios. Luego, dijo:

 —Al Cruz, al Pío, al viejo Grados y al cholo Laurencio, se les puede ir a ver mañana juntos. De Chocada se puede pasar a Conra y después a Cunguay, de un solo tiro ....

 José replicó de prisa:

 —No, no, no. Hay que verlos a todos mañana mismo, a los nueve que tú dices, aunque sea de noche o a la madrugada ....

 —Bueno. Sí. Naturalmente. Claro que se les puede ver. A los gendarmes les damos su sol a cada uno, su buen cañazo, su coca y sus cigarros, y ya está ....

 ¡Claro! ¡Claro! —exclamaba José, en tono decidido.

 Ambos se paseaban en el cuarto, calzados de botas amarillas, un enorme pañuelo de seda al cuello y vestidos de "diablo-fuerte". Los herma-