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cidieron por medio de la suerte en un centavo: cruz o cara. Mateo fue a la comida del alcalde. Se puso su vestido de casimir, su sombrero de paño, camisa con cuello y puños de celuloide, corbata y zapatos nuevos de charol. Mateo se sintió elegante y aún estuvo a punto de sentirse ya burgués, de no empezar a ajustarle y dolerle mucho los zapatos. Primera vez que se los ponía y no tenía otro par, digno de aquella noche. Mateo dijo entonces, sentándose y con una terrible mueca de dolor:

 — Yo no voy. Me duelen mucho. No puedo casi dar paso ....

 José le rogó:

 —¡Pero fíjate que es el alcalde! ¡Fíjate el honor que vas a tener de comer con su familia y el subprefecto, los doctores y lo mejor de Colca! ¡Anda! ¡No seas zonzo! Ya verás que si vas al banquete, nos van a invitar siempre, a todas partes, el juez, el médico y hasta el diputado, cuando venga. Y seremos nosotros también considerados después como personas decentes de Colca. De esta noche depende todo. Y vas a ver. Todo está en entrar en la sociedad, y el resto ya vendrá: la fortuna, los honores. Con buenas relaciones, conseguiremos todo. ¿Hasta cuándo vamos a ser obreros y mal considerados? ....

 Ya se hacía tarde y se acercaba la hora del banquete. Tras de muchos ruegos de José, Mateo, sobreponiéndose al dolor de sus zapatos, afrontó el heroísmo de ir a la fiesta. Mateo sufría lo indecible. Iba cojeando, sin poderlo evitar. Al entrar a los salones del alcalde, entre la multitud de curiosos del pueblo, con algo tropezó el pie que más le apretaba y le dolía. Casi de un salto de dolor, en el preciso instante en que la mujer del alcalde aparecía a recibirle a la puerta. Mateo Marino transformó entonces y sin