Página:El tungsteno.pdf/61

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darse cuenta cómo, su salto de dolor, en una genuflexiòn mundana, improvisada e irreprochable. Mateo saludó con perfecta corrección:

 —¡Señora, tanto honor! ....

 Estrechó la mano de la alcaldesa y fue a tomar asiento, con paso firme, desenvuelto y casi flexible. El puente de la historia, el arco entre clase y clase, había sido salvado. La mujer del alcalde le decía, días después, a su marido:

 —¡Pero resulta que Marino es un encanto? Hay que invitarle siempre.

 En Colca no tenían los Marino más familia que Cucho, hijo de Mateo y de una chichera que huyó a la costa con otro amante.

 Mateo vivía ahora en una gran casa, que comunicaba con el bazar, ambos —casa y establecimiento— de propiedad de la firma "Marino Hermanos". Allí, en una de las habitaciones de esa casa, estaban ahora conferenciando acerca de sus negocios y proyectos.

 —¿Y cómo dejas los asuntos en Quivilca? preguntó más tarde Mateo a su hermano.

 —Así, así .... Los gringos son terribles. Mister Taik, sobre todo, no se casa ni con su abuela. ¡Qué hombre! Me tiene hasta las orejas.

 —Pero, hermano, hay que saber agarrarlo ....

 —¡Agarrarlo! ¡Agarrarlo! —repitió José con sorna y escepticismo— ¿Tú piensas que yo no he ensayado ya mil formas de agarrarlo? .... Los dos gringos son unos pendejos. Casi todos los días los hago venir a los dos al bazar, valiéndome de Machuca, de Rubio, de Baldazari. Vienen. Se bebe. Yo les invito casi siempre. Con frecuencia, los meto con mujeres. Nos vamos de juerga al campamento de peones. Muchas veces, los invito a comer. En fin ... Hasta de alcahuete les sirvo....

 —¡Eso es! ¡Así hay que hacerlo!