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da— que, le daba así en el olfato, desconcertándole? ¿De dónde salía? ¿Era el olor de Laura? ¿Y solamente de Laura? José pensó inmediatamente en su hermano. Un calofrío de pudor —de un pudor profundamente humano y tormentoso— le sobrecogió. Sí. Mateo acababa de pasar por allí. Sus instintos viriles retrocedieron, como retrocede o resbala un potro desbocado, al borde de un precipicio. Mas eso duró un segundo. El animal caído volvió a pararse y, desatentado y ciego, siguió su camino.

 Si no olvidamos que José no hacía más que engañar a Laura y que la caricia y la promesa terminaban una vez saciados sus instintos, se comprenderá fácilmente por qué José se alejase, unos minutos más tarde, de Laura, diciéndole desdeñosamente y en voz baja:

 —Y para esto he esperado horas enteras...

 —¡Pero, oiga usted, don José —le decía Laura, suplicante—. No se aleje usted, que voy a decirle una cosa.

 José, incomodándose y sin acercarse a la cocinera, respondió:

 —¿Qué cosa?

 —Yo creo que estoy preñada...

 —¿Preñada? ¡No friegues, hombre! —dijo José con una risa de burla.

 — Sí, don José, Yo sé que estoy preñada.

 —¿Y cómo sabes?

 —Porque tengo vómitos todas mañanas.

 —¿Y desde cuándo crees que estás preñada?

 —Yo no sé. Pero estoy casi segura.

 — ¡Ah! —gruñó José Marino, malhumorado— ¡Eso es una vaina! ¿Y qué dice Mateo?

 —Yo no he dicho nada.

 —¿No has dicho nada? ¿Y por qué no le has dicho?

 Laura guardó silencio. José volvió a decirle: