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 —Necesitamos, querido subprefecto, dos gendarmes.

 —¿Para qué, hombre?... —respondió en broma y ya algo chispo, el viejo Luna—. ¿A quién van a echar bala?...

 José alegó:

 —Es para ir a ver a unos peones prófugos. ¡Qué quiere usted! La "Mining Society" nos obliga a poner en las minas cien peones de aquí a un mes. La oficina de Nueva York exige más tungsteno. Y los cholos que tenemos "socorridos", se resisten a cumplir sus contratos y a salir para Quivilca...

 El subprefecto se puso serio, argumentando:

 —Pero es el caso que yo no dispongo ahora de gendarmes. Los pocos que tengo, faltan para tomar a mis conscriptos. Yo también, como ustedes saben, estoy en apuros. El prefecto me obliga a enviarle para el primero del mes próximo, lo menos cinco conscriptos. ¡Y los cholos se han vuelto humo! ... No tengo sino dos en la cárcel. Precisamente ...— dijo, volviéndose a la puerta de su despacho, que daba sobre la plaza, y llamando en voz alta:

 — ¡Anticona!...

 — ¡Su señoría! — respondió un gendarme, apareciendo al instante, cuadrándose y saludando militarmente desde la puerta.

 —¿Salieron los gendarmes por los conscriptos?

 —Sí, su señoría.

 —¿A qué hora?

 —A .la una de mañana, su señoría.

 —¿Cuántos han salido?

 —El sargento y tres soldados, su señoría.

 —¿Y cuántos gendarmes hay en el cuartel?

 —Dos, su señoría.

 —¿Ya ven ustedes? — dijo subprefecto,