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guían montados, y junto a ellos estaban de pie los dos "enrolados", cada uno atado a la mula de cada soldado. Braulio Conchucos tendría unos veintitrés años; Isidoro Yépez, unos dieciocho. Ambos eran yanaconas de Guacapongo. Ahora era la primera vez que venían a Colca. Analfabetos y desconectados totalmente del fenómeno civil, económico y político de Colca, vivían, por así decirlo, fuera del Estado peruano y fuera de la vida nacional. Su sola relación con ésta y con aquél se reducía a unos cuantos servicios o trabajos forzados que los yanaconas prestaban de ordinario a entidades o personas invisibles para ellos: abrir acequias de regadío, desmontar terrenos salvajes, cargar a las espaldas sacos de granos, piedras o árboles con destino ignorado, arrear recuas de burros o de muías con fardos y cajones de contenido misterioso, conducir las yuntas en los barbechos y las cuadrigas de las trillas en parvas piramidales y abundantes, cuidar noches enteras una toma de agua, ensillar y desensillar bestias, segar alfalfa y alcacel, pastear enormes porcadas, caballadas o boyadas, llevar al hombro literas de personajes extraños, muy ricos y muy crueles; descender a las minas, recibir trompadas en las narices y patadas en los ríñones, entrar a la cárcel, trenzar sogas o pelar montones de papas, amarrados a un brazadero, tener siempre hambre y sed, andar casi desnudos, ser arrebatados de sus mujeres, para el placer y la cama de los mandones, y mascar una bola de coca, humedecida de un poco de cañazo o de chicha . . . Y luego, ser conscriptos o "enrolados", es decir, ser traídos a la fuerza a Colca, para prestar su servicio militar obligatorio. ¿Qué sabían estos dos yanaconas de servicio militar obligatorio? ¿Qué sabían de patria, de gobierno, de orden público ni de seguridad y garantía na-