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tonteado, y siguió un trecho a Braulio y a su padre. Tropezó varias veces, a causa de la oscuridad, en las piedras del angosto camino, hincándose en las pecas y en las zarzamoras. El tumulto se alejó rápidamente. El chico se detuvo y cesó de llorar, para oír. Un silencio absoluto imperó en torno de la choza. Luego sopló el viento unos segundos en los guirnales plantados junto al pozo. La chica, al volver en sí, empezó a llorar, llamando a gritos:

 —¡Taita! ¡Taita! ¡Taita! ¡Taita! ¡Braulio! Juan!

 Entonces Juan, el chico, volvió corriendo a la choza. Los dos subieron a la barbacoa, se taparon con unas jergas y se pusieron a llorar. Las siluetas de los gendarmes, pegándole al viejo y al Braulio y amarrándolo a éste, entre gritos y vociferaciones, estaban fijas en la retina de Juan y de su hermana. ¿Quiénes eran esos monstruos vestidos con tantos botones brillantes y que llevaban escopetas? ¿De dónde vinieron? ¿A qué hora cayeron en la choza? ¿Y por qué venían por el Braulio y por el taita? ¡Y les habían pegado! ¡Les habían dado muchos golpes y patadas! ¿Por qué? ¿Serían hombres también como los demás? Juan lo dudaba, pero su hermana, tragando sus lágrimas, le decía:

 —Sí. Son como todos. Como taita y como el Braulio. Yo les vi sus caras. Sus brazos también, y también sus manos. Uno me tiró las orejas, sin que yo le haga nada. . .

 La chica volvió a gemir, y Juan, un poco sofocado y nervioso, le dijo:

 —¡Cállate! ¡Ya no llores, porque van a volver otra vez a llevarnos! . . . ¡Cállate! ¡Son los diablos! Tienen en la cintura unas monturas. Tienen cabezas redondas y picudas. ¡Vas a ver, que van a volver!