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no fue sino uno. Le llevarían no se sabe dónde, como a otros yanaconas mozos, y para no soltarlos nunca. ¿Qué más daba entonces perecer ahogado o de cualquier otra suerte? Además, Braulio Conchucos e Isidoro Yépez concibieron bruscamente por los gendarmes un rencor sordo y tempestuoso. De modo oscuro se daban cuenta que, cualquiera que fuese su condición de simples instrumentos o ejecutores de una voluntad que ellos desconocían y no alcanzaban a figurarse, algo suyo ponían los gendarmes en su crueldad y alevosía. Braulio Conchucos experimentaba ante el miedo del gendarme, una satisfacción recóndita, ¡Y si el agua se los habría llevado, en buena hora! ¿No estaba ya viendo Braulio que la sangre que corría de su boca, se la llevaba el agua? Sintió luego un chicotazo que le cruzó varias veces la cara y ya no vio más. Un ojo se le tapó. Entonces vaciló todo su cuerpo. Durante un instante la mula y el "enrolado" temblaron como arrancados tallos, a merced d& la corriente. Pero el gendarme, loco de espanto y por todo esfuerzo, para escapar de la muerte, siguió azotando con todas sus fuerzas al animal y al yanacón. Los chicotazos llovieron sobre las cabezas de Braulio y la mula.

 —¡Carajo! —vociferaba aterrado el gendarme—. ¡Mula! ¡Mula! ¡Anda, indio de mierda! ¡Anda! ¡Anda! . . .

 Un postrero esfuerzo de la bestia y ésta alcanzó a ganar el otro borde del Huayal, con su doble carga del gendarme y de Conchucos. Reanudóse la marcha. El sol empezó a quemar. Pasado el Huayal, el camino se paró en una cuesta larga, interminable. Pero el sargento picó más espuelas y blandió más su látigo. Paso a paso subían, aunque sin detenerse, los animales, y junto a ellos, los dos "enrolados". Una