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que otra vez solamente se paró la comitiva. ¿Por qué? ¿Eran las mulas que ya no podían? ¿Eran los yanaconas, que ya no podían? ¿Eran mulas y "enrolados" que ya no podían?

 —¡Te haces el cojudo por no camimar! —decían los gendarmes a los yanaconas—. ¡Anda, carajo! ¡Anda nomás! ¡Avanza y no te cuelgues de la mula ¡Anda o te muelo a riendazos! . . .

 Los "enrolados" y las bestias sudaban y jadeaban. El pelambre de las mulas se encrespo, arremolinándose en mil rizos y flechas. Por el pecho y por los ijares corría el sudor y goteaba. Mascaban el freno las bestias, arrojando abundante espuma. Los cascos delanteros resbalaban en las lajas o, inmovilizados un instante, se cimbraban arqueándose y doblándose. La cabeza del animal se alargaba entonces, echando las orejas atrás, hasta rozar los belfos el suelo. Las narices se abrían desmesuradas, rojas, resecas. Pero el cansancio era mayor en Yépez y en Conchucos. Lampiños ambos, la camisa de cotón negra de mugre, sin sombrero, bajo el sol abrazador, los encallecidos pies en el suelo, los brazos atados hacia atrás, amarrados por la cintura con un lazo de cuero al pescuezo de mulas, ensangrentados —Conchudos, con un ojo hinchado y varias ronchas en la cara--, los "enrolados" subían la cuesta cayendo y levantando. ¿Cayendo y levantando? ¡No podían ni siquiera caer! Al final de la cuesta, sus cuerpos, exánimes, agotados, perdieron todas las fuerzas y se dejaban arrastrar inertes, como palos o piedras, por las mulas. La voluntad vencida por la inmensa fatiga, los nervios sin motor, los músculos laxos, demolidas las articulaciones y el corazón amodorrado por el calor y el esfuerzo de cuatro horas seguidas de carrera,