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 —¡Atrás! —gritó con sorda ira el sargento, desenvainando amenazadoramente su espada.

 Una vez que Yépez y Conchucos penetraron, un cordón de gendarmes, rifle en mano, cerraron la entrada a todo el mundo. Algunas amenazas, improperios e insultos dirigieron los gendarmes al pueblo.

 — ¡Animales! ¡Bestias! ¡No saben ustedes lo que dicen! ¡Ni lo que hacen! ¡Imbéciles! ¡Todos ustedes no son sino unas mulas! . . . ¡Qué saben nada de nada! ¡Serranos sucios! ¡Ignorantes! . . .

 La mayoría de los gendarmes eran costeños. De aquí que se expresasen así de los serranos. Los de la costa del Perú sienten un desprecio tremendo e insultante por los de la sierra y la montaña, y éstos devuelven el desprecio con un odio subterráneo, exacerbado.

 Agolpada a la puerta de la Subprefectura, y detenida por los rifles de los gendarmes, bullía en creciente indignación la multitud. Un diálogo Huracanado se produjo entre la fuerza armada y el pueblo.

 —¿Por qué les pegan así? ¿Por qué?

 —Porque quisieron escaparse. Porque nos atacaron a piedras de sus chozas . . . ¡Indios salvajes! ¡Criminales!

 —¡No, no! ¡Mienten!

 —¡Pues, entonces, porque se me da la gana!...

 —¡Asesinos! ¿Por qué los traen presos?

 —¡Porque me da la gana!

 — ¡Qué conscriptos ni conscriptos! ¡Cuando después se los llevan a trabajar a las haciendas y a las minas y les sacan su platita y les quitan sus terrenitos y sus animalitos!. . .¡Ladrones! ¡Ladrones! ¡Ladrones! . . .

 Un gendarme lanzó un grito, furibundo:

 —¡Bueno, carajo! ¡Silencio! ¡O les meto bala!. . .