tro de la copa y buscando después su natural nivel. Á un mismo tiempo sintió la niña un chorro en la nuca, y el mancebo llevó la mano á la cabeza, porque la ducha le regaba el pelo ensortijado y brillante. Ambos soltaron la carcajada, pues estaban en la edad en que se ríen lo mismo las contrariedades que las venturas.
—Se acabó...—pronunció ella cuando todavía la risa le retozaba en los labios.—Nos vamos á poner como una sopa. Caladitos.
—El que se mete debajo de hoja dos veces se moja—respondió él sentenciosamente.—Larguémonos de aquí ahora mismo. Sé sitios mejores.
—Y mientras llegamos, el agua nos entra por el peszcuezo, y nos sale por los pies.
—Anda, tontiña. Remanga la falda y tapémonos la cabeza. Así, mujer, así. Verás qué cerquita está un escondrijo precioso.
Alzó ella el vestido de lana á cuadros, cubriendo también á su compañero y realizando el simpático y tierno grupo de Pablo y