con la cara de la niña. Impremeditadamente se escudaban con la naturaleza, su protectora y cómplice.
En la gruta, lo que les sacó de su momentáneo embeleso, fué observar la vegetación viciosa y tropical del fondo. La niña, gran botánica por instinto, conocía todas las plantas y yerbas bonitas del país; pero jamás había encontrado, ni á la orilla de las fuentes, tan elegantes hojas péndulas, tan colosales y perfumados helechos, tanto pulular de insectos como en aquel lugar húmedo y caluroso. Parecía que la naturaleza se revelaba allí más potente y lasciva que nunca, ostentando sus fuerzas genesiacas con libre impudor. Olores almizclados revelaban la presencia de millares de hormigas; y tras la exuberancia del follaje, se divisaba la misteriosa y amenazadora forma de la araña, y se arrastraba la oruga negra, de peludo lomo. La niña los miraba, estremeciéndose cuando al apartar las hojas descubría algún secreto rito de la vida orgánica, el sacrificio de un