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VIRGILIO.


LX.

Cantaba el coro así: la áspera roca
De Caco, en fin, su lóbrega guarida
Conmemora, y al monstruo, por la boca
Fuego arrojando, aliento de su vida.
Mueve el canto á la selva, y lo revoca
El eco por los montes. En seguida
Las sacras ceremonias ya acabadas,
A la ciudad dirigen las pisadas.

LXI.

A un lado el hijo, el huésped á otro lado,
Caduco en ambos sostenido iba
El buen Rey, y el camino el variado
Hablar recrea. La mirada viva
Pasa de cosa en cosa, embelesado
Enéas con la amena perspectiva,
Y pide, á cada antiguo monumento,
Para ojos y oidos alimento.

LXII.

Y Evandro, rey que á alcázares romanos
Echó la basa, de este modo empieza:
«Oye: indígenas Ninfas y Silvanos
Poblaban de estos bosques la aspereza,
Y unos hijos de robles, medio humanos,
Ni á poseer hacienda, ni riqueza
A llegar avezados, ni á uncir bueyes:
Gentes duras, sin hábitos ni leyes.