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ENEIDA.


LXXV.

«Cuando Ilion sin esperanza alguna
Dilataba tan sólo su caida,
Y más que de altos reyes, de Fortuna
Iba á ser Troya en llamas destruida,
No á tí para los tristes, importuna
Pedí entónces, esposo de mi vida,
Armas; en ejercicio de tu arte
No quise inútilmente fatigarte.

LXXVI.

»Callé prudente, aunque debia tanto
De Príamo á los hijos, y á menudo
De Enéas los esfuerzos, no sin llanto,
Vi frustrarse. Hoy que al fin llegar él pudo
Con el favor de Jove, ¡oh númen santo!
Al país de los Rútulos, yo acudo
Á tí, yo á tí mis súplicas dirijo;
Y madre, armas te pido para un hijo.

LXXV1I.

»Vencerte supo la hija de Nereo
Y con su llanto la Titonia esposa;
¡Yyo...! ¿Esas gentes que en marcial arreo
Hierros forjan, en liga poderosa
¿Ves? ¡En muros cerrados yo las veo
Mi ruina maquinar!» Habló la Diosa,
Y con sus brazos de aparente nieve
Blanda al lento marido ciñe y mueve.