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VIRGILIO.


XLV.

Cuántas nubes de muerte de Micénas
A asolar fueron la ciudad troyana;
Cuál lucharon al pié de sus almenas
Asia y Europa con crueza insana,
Lo sabe el que las últimas arenas
Pisa do va á quebrarse espuma cana;
Lo sabe á quien la zona ancha intermedia
Aisla, y sol abrasador asedia.

XLVI.

«Despues de aquel diluvio y largo viaje,
Sobrio asilo en tus costas, lo que asombre
Nuestros Dioses, pedimos, y hospedaje:
El aire y agua, propiedad del hombre.
No será al reino nuestro ingreso ultraje;
Crecerá nuestro amor y tu renombre:
¡Si á Troya, Ausonios, vuestro seno abriga,
No la vereis ingrata ni enemiga!

XLVII.

«Y esto lo juro por lo que es Enéas;
Por su diestra, no ménos ya probada
En sellar pactos que en vencer peleas.
Muchos pueblos—tenernos en nonada
Excusa, ¡oh Rey! aunque extender nos veas
En las manos la oliva; aunque embajada
De súplicas traigamos—gentes muchas
Ligas nos propusieron y no luchas.