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ENEIDA.


XLVIII.

»Mas por divina voluntad guiados
A los bordes venimos de tu imperio:
A la cuna de Dárdano los hados
Traen los nietos de Dárdano. Con serio
Ordenamiento, á los tirrenos prados
Que honra el Tibre, y, envueltas en misterio,
Nos mueve á las vertientes de Numico,
El sabio Apolo, de promesas rico.

XLIX.

«Que en prenda de concordia aceptes fia
Los breves restos de la Patria cara,
Memorias de otra edad, quien los envía:
Vé en qué oro libó Anquises en el ara;
Mira cuáles, si al pueblo reunia,
En su alto tribunal cetro y tiara
Príamo usaba, y el bordado arreo
Por damas de Ilion.» Habló Ilioneo.

L.

Suspenso el Rey le escucha; mas no tanto,
Miéntras, bajos los ojos, con prolija
Pausa los vuelve, en el purpúreo manto,
Ni en el cetro real la atencion fija:
Ideas tales no le ocupan, cuanto
El proyectado enlace de la hija;
Y la voz del oráculo elocuente
Revuelve pensativo allá en su mente.