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VIRGILIO.


LVII.

Así, en régios corceles caballeros
Y de régias mercedes abrumados,
Portadores de paz, ya mensajeros,
Tornaban á su campo los legados.
Partiendo, á la sazon, de los linderos.
Argivos, con los céfiros aladas
Volando va de Júpiter la esposa
En su carro gentil soberbia Diosa.

LVIII.

Y léjos, desde el sículo Paquino,
Ve ledo á Enéas; ve á su gente, dada,
En la tierra á quien fia su destino,
Bases á echar de sólida morada,
Las naves olvidando. En su camino
Paróse adolorida y asombrada
La Diosa, y meneando la cabeza,
Sola consigo á razonar empieza:

LIX.

«¡Oh raza aborrecida! ¡Oh frigios hados,
Por siempre opuestos á los hados mios!
¡Qué! ¿Cautivos quedar, y no estorbados?
¿Eso logran? ¿Sin fuerza, y no sin bríos?
¿Ilesos de sus muros abrasados
Salir, y de las hondas de sus rios?
¿Y entre aceros y llamas, ruina y muerte,
Hallar camino y restaurar la suerte?