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VIRGILIO.


LXXXI.

Y anuncia á voces, con mirar de llama,
De Lavinia y de Turno el himeneo;
Y «¡Oid!» en brozno acento, «Oid,» exclama,
«Oh matronas del Lacio, mi deseo:
Si áun á la triste Reina amais que os ama,
Si honrais fueros maternos, el arreo
De las sienes al punto desatando
Que órgias conmigo celebreis os mando.»

LXXII.

Así en los bosques, en feral desierto,
Con estímulos báquicos incita
Alecto á Amata; y como mira cierto
Prender la llama que atizó maldita,
Y en conflicto por ende y desconcierto
Ve la real casa, y lo que el Rey medita,
Hácia el rútulo audaz la Diosa triste
Va en negras alas que su cuerpo viste.

LXXXIII.

Tiende ella el vuelo á laciudad que él ama,
La cual Dánae, traída á la ribera
Al ímpetu del Noto, fundó, es fama,
Con acrisios colonos. Ardea era
Floreciente el lugar, Ardea hoy se llama:
Cambió la suerte, el nombre persevera.
Allí, mediada ya la noche umbría,
En su excelsa mansion Turno dormia.