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ENEIDA.


LXXXIV.

Deja Alecto su cuerpo horrible, deja
Su apariencia furial; la toma humana;
Ara con rugas mustia faz de vieja;
Con venda ciñe la melena cana
Y con rama de oliva; y ya semeja
A Cálibe, al andar, ministra anciana
De Juno y de su templo. De esta suerte
Muéstrase á Turno, y voces tales vierte:

LXXXV.

«¡Turno! ¿y así permitirás que nada
Te sirvan tantos méritos, y lleve
Huésped dardanio en mengua de tu espada
El cetro que en justicia se te debe?
Aquel enlace y dote conquistada
Por tí con sangre, el Rey te niega aleve:
Y á un extranjero en tu lugar convida.
¡Vé, y por ingratos luégo expon tu vida!

LXXXVI.

»Vé, y los Tirrenos debelando fuerte,
La paz á los Latinos asegura!
Estos avisos mándame traerte
Entre el descanso de la noche oscura,
Saturnia poderosa. ¡Sús! despierte
Tu ardor la juventud, y la conjura
Los muros á dejar, de armas provista,
Y haz que á los Frigios animosa embista!