Página:Ensayo sobre el hombre (1821).djvu/26

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ría en una figura terrenal, y Newton les pareció lo que á nosotros un diestro mono.

Pero este filósofo, que sujetaba á reglas las órbitas de los cometas, ¿podía describir ó fijar un solo movimiento del alma? El que demostraba los puntos de ascension y declinacion de los astros, ¿podía acaso explicar su principio ó su fin? ¡Oh! y qué portento! La parte superior del hombre puede elevarse sin obstáculo, éir remontándose de arte en arte; pero cuando ha empezado su grande obra, cuando trata de sí mismo, lo que dispuso la razon es luego deshecho por la pasión.

Dos principios son los que rigen la naturaleza humana, el amor propio, que es el que excita, y la razon, que refrena. No llamemos al uno un bien, ni tampoco al otro un mal; cada uno produce su fin; el uno mueve, y el otro lo gobierna todo, y á sus operaciones propias se debe atribuir todo lo bueno, como á las impropias lo malo.

El amor propio, origen del movimiento, hace obrar al alma, y la razon compara, pesa y gobierna el todo. Sin aquel no se movería el hombre á obrar, y sin esta obrarla, pero sin fin. Fijo entonces como una planta sobre su pedazo de tierra vegetaría, multiplicaría, y luego se podrí-