raje, que hemos de dar con él. Estos gringos suelen esconder las onzas y patacones hasta en las letrinas.
Creo que en esa cómoda hay algunos billetes que he cambiado en el banco; dijo Varangot, señalando al mismo tiempo una que estaba en la habitacion en que se hallaban los asesinos..
Inmediatamente se lanzó Bernardino Cabrera y sus compañeros, y estrajeron cuanto hallaron al paso, revolviendo como hurones todos los departamentos de la casa.
Robaron todas las alhajas y objetos de ropa, no dejando ni las parrillas que uno delos soldados encontró en la cocina.
Varangot permanecia atado, y de vez en cuando llegaban hasta él, los ayes lastimeros que el dolor de las ataduras arrancaban á su señora.
El por su parte no sufria menos; pero creia que el cuadro que se ofrecia á su vis ta no era mas sino un robo con violencia, y esperaba que la justicia de su patria adop tiva investigase y castigase á los perpetra dores.
Desgraciado Varangot! La justicia ó por mejor decir, Rosas que la pisoteaba, y solo la invocaba para escarmiento, era preci-