ta de leyes prácticamente inaplicables mientras subsista el estado actual de atraso.
Mil veces preferible es el despotismo que emana de las leyes, al que en cualquier tiempo, puede oponerse la necesidad natural que el individuo consciente experimenta por la libertad, que la tiranía que de hecho se establece por ignorancia de los gobernados, quienes han sido incapaces de reclamar derechos otorgados por las leyes y supeditados por el querer del mandatario. En el primer caso el imperio de las instituciones liberales sólo ha sido aplazado, para hacerse efectiva la luz esplendorosa de la razón humana, cuando ella es capaz de alumbrar cerebros entenebrecidos por costumbres secularmente abyectas; para cuando implantado el civismo la incontrastable fuerza de la mayoría exija la mejora legal; para cuando el ciudadano sea digno de tal nombre; para cuando el cumplimiento de las leyes esté sancionado por la pública necesidad. Pero, nada es posible conseguir en la vía del mejoramiento social sólo de la bondad de las instituciones escritas, abrogadas por las costumbres serviles. Cuando el régimen legal es fuerte, sabe el ciudadano á qué atenerse, mas ¿cuál puede ser su norma cuando la ley liberal, justa y buena, le da derechos que le niega la mudable voluntad de un déspota? En este caso la vida es un tormento, pues se siente la opresión y la infame burla que resulta de un atroz convencionalismo.
Las historia constitucional de las naciones demuestra, que la evolución social hacia las instituciones liberales es efectiva no obstante leyes conservadoras, centralistas ó fuertes; y así, Inglaterra, el país más libre del universo, obtuvo lentamente las garantías ó libertades públicas; estas garantías constitucionales no se alcanzaron de un solo golpe ó por consecuencia de la voluntad de un monarca, por el contrario fueron lentamente conquistadas por la voluntad general contra el querer de los reyes.
Las reformas constitucionales que necesita Venezuela,