consideraban en las guerras civiles á los neutrales como delincuentes políticos.
Irrisoria es la pretendida civilización moderna, que no se apresura á resolver ni uno solo de los obscuros problemas que á cada paso surgen y que demuestran la pésima organización social; la fuerza es todavía la suprema ley, como en la remota edad en que el ascendiente de las cavernas se proporcionaba alimento de las fieras que alcanzaba á la carrera y desgarraba con los dientes. En vano Tolstoy y demás pensadores afirman que la humanidad no marcha por el verdadero camino mientras no condene el salvaje derecho de la fuerza y el hipócrita convencionalismo moderno, y que es pan falsificado é impropio para ser digerido el que se da á los pueblos en nombre del Gobierno, de la Religión y del Arte.
En verdad: mentiroso resulta este progreso de servicio militar obligatorio, de paz armada, de conflicto entre el capital y el trabajo; y de tantos otros problemas que parecen estar indicando un retroceso en la marcha evolutiva del hombre; pues los pueblos antiguos, resultan con un nivel moral más alto, ó por lo menos, más sincero, al lado de estos perversos tiempos presentes, en los cuales la hipocresía ó un convencionalismo estúpido, echan un pudibundo velo sobre deformidades y úlceras nauseabundas, no conocidas en Grecia y Roma.
Adviértese el retroceso en el nivel moral, si se compara en Derecho de Gentes, la respetable institución de los Feciales de la Roma conquistadora, con la doctrina consagrada á instancias del Japón, por el irrisorio Congreso de la Paz, reunido en la Haya, donde las grandes potencias declararon que para considerarse el estado de guerra y el derecho de presas no era necesaria la declaración de hostilidades. Tanto más bárbaro resulta esto, si se atiende á que nuestros antepasados en el suelo de América, caribes en Venezuela y guanes en Colombia, nunca rompían hostilidades con las tribus enemigas, sin haber antes enviado