sociedad, revela al individuo de toda prestación, que resulta monstruosa cuando la exige el tirano ó el mal gobernante. El patriotismo, dice Gabriel Tarde, fué en sus orígenes el espíritu del clan, la injusticia organizada; para unos el privilegio y para otros la opresión, después este espíritu se dulcificó y hoy ha sido rechazado hasta las fronteras, pero subsiste, pues los Estados viven entre sí sin ninguna obligación jurídica, es decir, no se creen obligados á hacerse justicia. Así considerado el concepto patria y patriotismo, como lo comprenden los jefes de los Estados con el servicio militar y el régimen fiscal, resulta una traba á la evolución, una supervivencia animal egoista y agresiva que destruye la cooperación humana haciendo al hombre enemigo del hombre. La verdadera patria es el mundo y las fronteras de los pueblos, las más de las veces, sólo dividen las diversas explotaciones de unos hombres por otros, y los gobiernos se dicen, en consecuencia: alto, ahí! del Rhin para acá esquilmo yo mis imbéciles, desplume usted los suyos de ahí para allá y cuídese de invadir ese límite, pues mis mismos despojados verterán su sangre para asegurar mi explotación pacífica.
Pero no obstante todo: no pueden los pueblos débiles proclamar los bellos principios de fraternidad universal, pues mientras subsista la injusticia, su alianza con los fuertes resulta peligrosa, tal como en el convite de las fieras de la fábula de Bremón, pués siempre las ovejas pagan y se han de contentar con promesa. En ese predicamento cumple á los pueblos pequeños hacerse fuertes por la justicia y unión interiores para poder hacer efectiva la garantía de la vida en sus relaciones internacionales.
Frecuentemente se habla contra la llamada «Doctrina de Monroe», con que en Derecho Internacional se conoce la famosa y salvadora declaración del presidente del mismo nombre en el discurso con que inaguró el congreso de la Unión Norte-americana sus sesiones en 1822, la