lo menos se ven los ojos y se entrevé el cuerpo.
Aquí no se ve nada. El velo cae espeso sobre todo el rostro, y el dominó cubre todo el busto.
Las más atrevidas y las más modernistas dejan adivinar que bajo el charchaf obligatorio llevan trajes de la rue de la Paix, y ostentan con orgullo la parte inferior de sus faldas estrechas. Pero enseñar los ojos, que son las joyas más preciadas de la belleza oriental, eso jamás. Como fantasmas, todas pasan, ondulantes y ligeras, bajo sus velos impenetrables. Si sonríen, no lo sabemos.
Si lloran, lo ignoramos. Si son hermosas, si son feas, si son jóvenes, si son marchitas, es un misterio. Sus diminutos pies, calzados de raso, es lo único que recrea nuestra vista, ávida de secretos encantos femeninos. Y jay del que se empeña en escudriñar lo que vive tras los cendales negros! Una ojeada indiscreta puede costar un disgusto. Todos los turcos, en este punto, están coaligados para defender el enigma de la mujer musulmana.
—Si queréis ver perras cristianas con la cara impúdicamente descubierta—dicen—, ahí tenéis el barrio de Petits—Champs y la gran calle de Pera.
El barrio de Petits—Champs!... De todas las injurias que Europa ha hecho a Constantinopla en los últimos cincuenta años, ninguna debiera ser tan dolorosa para el corazón de los turcos como CIUDADES