dad de la Gran Rue, nada mejor que un instante de muda contemplación desde estos ventanales propicios. El buen guardián que me recibió hace años, está siempre aquí, con su tarbouch grasiento. Y como si me reconociera, me deja trepar solo por los peldaños usados. ¡Cuántos pasos trágicos han sonado a través de los siglos en esta penumbra! En cada rincón un rostro lívido parece hacerme gestos de desesperación. Pero de pronto, para borrar todas mis visiones crueles o banales, he aquí la terraza que domina a Stambul. ¡Oh, prodigio de panorama, que mil veces he visto y que mil veces me ha sorprendido cual una cosa sobrenatural! Bañada por la luz púrpura de la tarde, la ciudad antigua se extiende, entre las aguas rosadas del Cuerno de Oro y del Bósforo, en la gloria de su belleza milenaria. Todo luce, todo brilla, todo palpita. Sólo los cipreses negros, marcando los sitios de las necrópolis, permanecen quietos en sus actitudes de guardianes de tumbas. Aquí enfrente, mirándose en el amplio canal, Santa Sofía alza su cúpula blanca, custodiada por las cuatro agujas de sus alminares. Y luego, alineándose a derecha e izquierda del soberbio y venerable templo que ha visto pasar a tantos dioses por sus altares, yérguense, con sus agujas orgullosas y sus cúpulas sacramentales, los otros grandes santuarios de Alá. Ahí está la mezquita de Nuri Osmanié, santificada por las preces de los kalifas; ahí está la del sultán Hamed, santa entre las santas; ahí está la de Suleimanié, con
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Apariencia