ble selva de piedra, de mármol... Ahí está Achmedié, coronada de esferas; y Mehmedié, con su aspecto guerrero; y Shahzadé, con sus leyendas veladas y perfumadas; y Bayazidié, hospitalaria a los que sueñan, o los que esperan, o los que sufren; y Suleimanié, tan florida, tan adornada, tan labrada, que parece un oratorio de sultanas... Y todas esas maravillas, que en el suelo están separadas moral y materialmente por la distancia y por el fanatismo, en el cielo se unen en una sublime asamblea de cúpulas, de terrazas, de agujas, dominando la ciudad que parece orar, prosternada a los pies de tanta grandeza... ¡Ah, la interminable Stambul!... En las ventanas de las casitas de madera palpitan luces rojizas. Todo arde en las llamas del poniente. Y la ilusión de la perpetua fiesta oriental, con sus extraños y secretos encantos de voluptuosidad para mí vedados, embarga de nuevo mi ánimo. Solo, en medio de tanta vida, me siento como un desterrado, y lloro de no poder penetrar en el arcano de la existencia oriental, de no poder vivir la vida de los que a estas horas regresan de sus paseos por el Cuerno de Oro y abren las puertas del haremlik perfumado, en cuya penumbra las mujeres sonríen sin charchaf. Y poco a poco, la ciudad entera me aparece como una gran dama velada, cuyos velos, ¡ay!, nunca podremos apartar los que venimos de fuera, los que tenemos otra alma, otra lengua, otro Dios...
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