Peladán! Pero la ignorancia no basta. Hay que tener también la sencillez de espíritu que Jesús ensalzó desde la montaña. Hay que creer sin restricciones, hay que admirar sin temores, hay que amar sin rubores...
Yo amo fervorosamente a esta ciudad santa en su profunda melancolía. La amo a pesar de sus engaños laboriosos. La amo, como se la debe amar, en el sopor de meditaciones exaltadas y vagas. En vez de preguntar, cual los arqueólgos, a su suelo: "Di, ¿qué hay entre tus capas severas?", repito la frase mística: "Dic nobis María..." Al fin y al cabo, si la fe nos miente, la ciencia también nos miente. ¡Y hay tanta diferencia entre uno y otro embuste! Desde que no me posee el demonio de las interrogaciones se me figura que las calles mismas me son propicias.
Ya no huyen... Ya no suben sin razón hacia lugares inaccesibles... Ya no se pierden entre patios conventuales cuyo acceso me está vedado. Sin prisa, religiosamente, beatamente, van hacia la cima de las colinas, y yo las sigo, sin prisa. Convencido de que no es fácil para un forastero conocer sus misterios, me contento con soportar sus caprichos. Cuando me llevan adonde no quiero ir, cuando me abandonan en el fondo de un callejón sin salida, cuando me conducen hasta las murallas, me vuelvo atrás y contemplo le