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Página:Gómez Carrillo - Ciudades de ensueño (1920).pdf/37

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poco a poco, uno por uno, cautelosamente, humildemente, sórdidamente, a la villa santa a compartir con sus hermanos enemigos, los discípulos de Cristo, los escombros. En la cima del monte Moriá un destacamento romano velaba para que nadie se atreviera a levantar los muros de los palacios y de los templos. Los baluartes mismos debían continuar desmantelados. Los emperadores, que deseaban imponer a la ciudad de David el carácter uniforme de todas las poblaciones conquistadas por sus legionarios, fomentaban la colonización gentilica. En los censos romanos, la antigua Jerusalén figuraba con el nombre de Aelia.

Pero, realmente, ningún elemento nuevo penetraba en ella. Los judíos ortodoxos y los judíos cristianos, con su amor de las cosas tradicionales, repartiéronse en breve el dominio real de la tierra. Unos cuantos inmigrados griegos formaban la fachada nueva. El fondo era siempre el mismo: un fondo de fanatismo nacionalista y religioso. Cada una de las dos sectas se creía con derecho a esperar en el porvenir. Los unos lloraban, escondiéndose de los centuriones, al pie del Señor. Poco a poco, las casas abandonadas comenzaron a ser restauradas. Las calles principales recobraron una humilde animación. Nadie pensó en cambiar la topografía general. Y así, cuando Santa Elena quiso, con sus manos piadosas, desenterrar las reliquias del Salvador, no tuvo necesidad sino de remover los escombros amontonados por cuatro siglos de abandono. "He aquí